• Oscar Vivallo Urra

“Apruebo” v/s “Rechazo” y el Principio de Incertidumbre de Heisenberg:Lecciones de política cuántiCa

Actualizado: 4 sept



Por Oscar Vivallo Urra

No es una creencia supersticiosa, sino que una idea que tiene sustento científico: que nuestros pensamientos, cuando éstos son persistentes, generan realidades, situaciones y acontecimientos. El principio de incertidumbre del físico Werner Heisenberg demostraba hace casi un siglo que, al observar una realidad específica, ya estamos modificándola por influencia del mismo acto de observación. En 1927, con sólo 26 años, el físico alemán arrojó la bomba ante la mirada atónita de sus contemporáneos: “Lo que observamos no es la naturaleza en sí misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de cuestionamiento”. Siete años después era galardonado con el Premio Nobel de Física.

El Principio de Incertidumbre de Heisenberg fue un golpe blanco, con guantes de seda a la idea de verdad absoluta en cualquier área del conocimiento o de hegemonía de una visión de la realidad por sobre otras perspectivas. Y es sobrecogedor cuando nuestra angustiante tendencia a buscar certezas imperecederas frente a los azares de una cotidianeidad líquida y, en cierto sentido, impredecible, se reivindica la validez y la legitimidad de muchos saberes acumulados y ancestrales, todos ellos desdeñados históricamente por la mirada arisca de una aristocrática academia. Y es trágicamente paradójico, que mientras las premisas del físico alemán contribuyeron enormemente al diseño y fabricación de las primeras bombas atómicas, también hayan democratizado la idea de la verdad, supeditándola a “nuestro método de cuestionamiento”, es decir, a cómo pensamos la realidad y la vida diaria.

Pero ¿se puede democratizar la idea de verdad? A meses de haber comenzado el gobierno de Gabriel Boric Font, la plaza pública virtual de las redes sociales se abalanzó en torno a las figuras del Presidente, de la Ministra del Interior y de otros personeros de gobierno. Saliendo “a medio morir saltando” de una crisis pandémica mundial y cohabitando en un Chile con históricas fracturas en el alma y en el bolsillo, los huesos trizados quedaron visibles durante y después de un largo Estado de Excepción.

Pero, volvamos ¿Se puede democratizar el carácter legítimo del derecho a pensar y a decidir qué es lo real? En estos momentos, las verdades individuales explotan rabiosas, colisionando unas contra otras en la matrix de ceros y unos que pugnan por imponer la “certera y definitiva verdad” en las pantallas de nuestros teléfonos celulares. En pleno proceso constituyente, ad portas a que el texto constitucional se someta al balotaje del “Apruebo” y “Rechazo”, las verdades tan propias y sentidas, condicionadas por nuestras biografías, inseguridades y anhelos, circulan en la forma de “razones trascendentales” para establecer en Chile la primera carta fundamental de la historia desarrollada por representantes validados electoralmente por la ciudadanía. O, al contrario, uno puede tropezar con aquella corriente que aboga con virulencia por arrojar la propuesta a los conteiners de basura de nuestro feudalismo neoliberal criollo. Quizás se nos fueron los humos a la cabeza y dejamos de escuchar, quedándonos en la forma o en las apariencias, en lugar de privilegiar el inquietante rumor que proviene de todas las grandes y pequeñas ideas. Cuesta pensarse a escala macrocósmica, reubicar nuestra propia existencia individual en esa letanía temporal, que en la historia del universo es apenas y con suerte una milésima de segundo. Al darnos una importancia que no tenemos, nuestras autodefiniciones y nuestras miradas de mundo corren el riesgo de caer nubladas por las sombras proyectadas en la platónica caverna de nuestros pensamientos cooptados por la desinformación. Que no sorprenda, entonces, que nuestras ansiedades y angustias cotidianas, muchas veces surgidas por las dificultades de supervivencia, se extiendan hacia los inminentes escenarios del plebiscito de salida y la manoseada pregunta acerca de qué ocurrirá, tras esta decisión-país, con nuestras vidas, es decir: con todo. Las crisis de ansiedad o de angustia son tan frecuentes y comunes en el Chile de hoy, como el pan tostado con mantequilla en el desayuno. Nos volvemos miopes a la salud de permanecer en nuestro propio centro y los pensamientos son expulsados en todas direcciones, con respecto de esa caótica, irascible y amenazante realidad que en apariencia parece desmoronarse. El miedo siempre ha enviado al carajo a todo, lo sabotea todo y, ahora, cuando todo está en pugna y cuesta diferenciar qué se aproxima más a la verdad y qué no, con más urgencia surge la necesidad de un Werner Heisenberg en el ejercicio de la política y en la construcción ciudadana de una opinión política. Sugiero aprender de la incertidumbre y que nos calmemos: todo en la vida es una apuesta sujeta a calibrar cada una de nuestras decisiones. Una de las técnicas de primeros auxilios psicológicos más conocidas para abordar las crisis de ansiedad o de pánico se denomina “respiración diafragmática”. La persona afectada toma una bocanada de aire durante unos seis segundos, retiene durante cinco y lentamente exhala en cuatro segundos, repitiendo la secuencia mientras concentra su atención en el ir y venir de su respiración. Los pensamientos obsesivos por un momento comienzan a distenderse, para focalizarse en la experiencia inmediata, en el “aquí” y en el “ahora”, lugar y momento en que realmente ocurre la existencia humana. La angustia surge cuando no comprendemos la ineludible responsabilidad que tenemos respecto de la manera en que pensamos toda realidad. Que todo pensamiento genera sentimientos. Que pensamientos y sentimientos juntos producen actos, conductas y realidades. Y que el mundo es esculpido gracias al genio del pensamiento humano que imagina la vida que se derrama en un maravilloso mar de incertidumbre. Eso es lo que cuesta entender, cuando transitamos por los seductores pasillos del palacio de la verdad absoluta, pero, al fin y al cabo, palacio con cimientos de barro, con columnas de adobe que flaquean con la apasionante humedad que proviene de la vida. Sugiero abrazar la incertidumbre, dejándola que transite libre en los momentos de recogimiento, en el fragor de los debates, en el sublime acto de tomar decisiones y en las conciencias excitadas ante la papeleta al interior de las urnas. Ojo: vote por lo que crea correcto; estas son sólo sugerencias, desde la política, desde la física cuántica y desde mi insomnio que me tiene escribiendo en la madrugada al lado de mi tercera copa de vino. ¿Saben qué? Me está gustando la “política cuántica”.

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