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  • María Teresa Torres

Entre la negación y la memoria/ María Teresa Torres

Foto Manuel Morales Requena



Puse el notebook sobre unos libros para que no se recalentara. Estoy en recuperación luego de una cirugía a la rodilla, por lo que escribo desde la cama. La cama es un lugar cómodo para mí, no lo fue para el pariente Naldo que dormía en una payasa, mientras cultivaba o segaba campos ajenos. Tampoco la cama fue un lugar grato para Rosa, quien me contó que cuando pequeña dormían los 8 hermanos en un colchón de paja, acurrucados como una hilera de chanchitos, según sus palabras. En otro espacio, Virginia Woolf instalaba la idea de un cuarto propio y mi madre soñaba que cada una de sus hijas tuviera una cama y desde allí saltaran hacia una vida propia. El cuarto, imagino, vendría por añadidura a esos sueños de mujer campesina. En esos menesteres estaba ella cuando bombardearon La Moneda. Rosa no se refirió a los bombardeos, ocupada de la cosecha de papas ni se enteró. El pariente Naldo ya estaría perdido en el aguardiente de la zona, por lo cual supo de oídas que hubo un golpe y que su tío Pedro estaba preso en la Cárcel de Chillán, pero la siguiente borrachera confundió su mente.

Por esos años, mi cabeza ya pensaba en verso, una voz cadenciosa que me iba mentando paisajes, carencias, miedos, fobias y un tipo de esperanza tenue, la única posible para quienes crecimos en las orillas de algo improbable. Ese susurro poético me libró de creer que aquella voz era la melodía de la locura.

Sigo hablando de la memoria, pero de aquella apenas dicha en una u otra conversación de sobremesa. De la memoria encerrada en unos libros de escasa circulación que nunca llegarán a la Feria del Libro de Frankfurt. Hablo del nadie ni nada está olvidado y de las marchas contra el negacionismo. Se ha oído decir que la historia la escriben los vencedores, pero dicha sentencia atribuida a Orwell, Churchill o Walter Benjamín nos conduciría casi a la extinción; ya que en estas tierras hemos sido vencidos una y otra vez, pero atesoramos vibrantes jornadas de triunfos y algunos títulos de dominio. Sobre la invisibilidad, los feminismos saben bastante. También de los modos para seguir, no como fantasmas, sino por los márgenes. La memoria de las y los vencidos, por tanto, será un día historia.  Tal vez por ello, más allá de la complejidad actual y por venir, sigo creyendo en los intersticios que logran abrir las brechas, porque recordando a Ovidio, una gota de agua persistente es capaz de horadar una piedra.

Al referirme a los hechos más recientes ocurridos en Chile, se suceden imágenes en cámara rápida, como una analogía del ritmo que nos impone Instagram o Twitter. Parto desde el mayo otoño-invierno feminista de 2018, que pareció remover el statu quo de las universidades acostumbradas al poder del padre; sigo con el estallido social iniciado en octubre de 2019, que se apagó casi al tiempo en que la pandemia obligó a cambiar pasamontañas por mascarillas. Continuo con el espectáculo diario en la TV contando muertos y camas disponibles, mientras los militares vigilaban y ya parecían menos violentos para una parte de la población que hacía añicos a la Tía Pikachu y aplaudía a Tere Marinovic, ambas figuras que aportaron al efecto bumerán del proceso constituyente. Todo demasiado rápido. Qué queda entonces de una época. La violencia enceguecedora, mutilante y desatada, la pira ardiendo en una fábrica y el pasto siempre verde del privilegio. Recordaremos la promesa de compartir, cuando el cumpleaños seguía siendo de ellos, los dueños de la playa. La diversidad de rabias hizo que la olla a presión lanzara sus alaridos, pero llegó el cocinero, para volver a taparla mientras, enceguecían a fotógrafos, mujeres, a todo el que tuviera ojos para ver, incluyendo a Jorge Salvo, quien se quitó la vida, sin atisbar algo de justicia y reparación.

Recuerdo que en 1977 se estrenó la película El huevo de la serpiente de Ingmar Bergman, ambientada en Berlín de entre guerras. La metáfora que le da el título al filme es explicada por el siniestro personaje Dr. Vargerous, asegurando que cualquiera puede ver el futuro, porque es como el huevo de la serpiente que muestra el ya formado reptil a través de su fina membrana. Esa visión de Bergman para instalar la etapa previa al holocausto, con su carga de exterminio y de eugenesia, cobra un sentido perturbador en esta época de Chile. No así para los sirios o los palestinos, cuyo futuro lo viven hoy, ofrendando sus cuerpos para defender la estirpe que reescribirá la historia. 

En este mismo sentido, me pregunto qué hizo presagiar la caída de la URSS, una historia personal que me contó mi prima Carmen o la Perestroika y la Glásnost, lideradas por Mijaíl Gorbachov. Pienso en el napalm cuya herida simbólica hirió a una generación completa; sin embargo, será Kim Phuc, la niña vietnamita de la fotografía que corre despavorida con su cuerpo quemado después del bombardeo que lanzó EE. UU., quien llevará la marca. La llevará Carmen Gloria Quintana, quemada por los militares a cargo de Pedro Fernández Dittus, en el Chile de la dictadura. En cambio, la estatua de Lenin derrumbada dos años después de la caída del Muro de Berlín o la de Pedro de Valdivia, tumbada y reinstalada en la Plaza de Armas de Concepción en el 2019 o la del General Baquedano, no mostrarán gestos de dolor, porque la única estatua que siente es la del Príncipe Feliz de Oscar Wilde.

Ahora bien, la dinámica de los tiempos va y viene. Lo que queda del Muro de Berlín son grafitis, como uno en el que Leonid Brezhnev besa en la boca a Erick Honecker, en señal de confraternidad. Kim Phuc se convirtió en médica. Los responsables del ataque a Carmen Gloria Quintana, donde resultó asesinado Rodrigo Rojas Denegri, aunque muchos años más tarde, fueron condenados a 20 años de prisión. En tanto, el líder republicano J.A. Kast reconoce haber visitado a otro criminal en Punta Peuco, Miguel Krassnoff, señalando no creer en lo que dicen de éste. Punta Peuco aún sigue albergando a criminales de lesa humanidad y, así las cosas, tal vez dentro de un tiempo se cumpla la promesa que hizo Bachelet a la propia Carmen Gloria Quintana, de cerrar la cárcel vip; aunque esta vez el hipotético nuevo presidente no enviaría a los asesinos a cárceles comunes, sino que- a sus cómodas casas.

De estos acontecimientos el pariente Naldo ni Rosa se enteraron. Naldo murió sin dejar descendencia, en cambio Rosa parió dos hijos y cuatro hijas, agarrada de un madero que colgaba en la cocina de su casa, porque la partera llegó siempre tarde y todas las mujeres de su familia habían parido solas. Las nietas de Rosa lograron tener una cama propia, aunque no en casa, sino en un hogar para niñas. Las borracheras de sus padres sellaron el destino de las tres niñas y costó mucho tiempo lograr que Rosa las acogiera. Hubo que intentar desmontar algunas costumbres, como su idea de buscar parejas mayores a sus hijas y nietas en cuanto cumplían 14 años. Las nietas de Rosa fueron internadas en un hogar católico, en cuya entrada una virgen con pelo natural daba una suerte de bienvenida. Rosa y toda su familia eran evangélicas, por lo que la imagen de la virgen no les gustaba; sin embargo, no había mucho margen, pese al impacto que suele provocar la institucionalización.

Tanto Rosa como sus nietas veían con naturalidad la internación. Era una posibilidad si eras pobre. No habían oído sobre la Convención de los derechos de los niños y menos del cambio iniciado en Chile a partir de los años 90, pasando del concepto de menores en situación irregular al paradigma del sujeto de derecho. Lo que pronto sabría Rosa es que, pese a ello, aún seguimos en deuda con la infancia. Pienso en mi primera impresión cuando en el año 92 llegué a trabajar a un hogar donde vivían doscientos cuarenta y dos niños, algunos de los cuales iban vestidos con buzos donados por colegios privados. Atiborrados en sus literas, sentí su pavor y encierro también en mi cuerpo. Me animé a seguir por una historia que leí de Henry Miller y porque me repitieron, como una ofensa velada, que tenía corazón de abuelita. 

Estaba allí cuando a mediados de los 90 comenzaron a llegar niños y adolescentes que venían de las cárceles de adultos, luego de que cerraran la sesión “menores”. Chicos llevados a la cárcel por mendicidad y vagancia, una cárcel que tenía piscina, según contaban ellos mismos. Las nietas de Rosa llegaron a un hogar con pocas niñas, porque la internación comenzó a ser una opción de última ratio, dejando en el pasado pinochetista aquella imagen que siempre me recordaba las barracas donde sobrevivían prisioneros de guerra. Ahora bien, que las nietas de Rosa vayan a un hogar católico es esperable, dado que dicha fundación adjudicó en el Concurso público de proyectos, aunque nadie le explicará los alcances del rol subsidiario del estado y la precariedad que conlleva para el modelo residencial. A ella le harían talleres de competencias parentales hasta que un día logró ser familia de acogida para sus nietas.

Al tiempo que Rosa abraza a sus nietas, el escrutinio público conforme a los vaivenes de las redes sociales también abrazará a la niñez vulnerada; pero al rato un grupo de vecinos de un barrio aspiracional pondrá el grito en el cielo, porque una residencia para adolescentes se instalará en su villa. Esta niñez, por tanto, seguirá cargando con la herida, hasta que un día parezca que algo está cambiando, cuando uno de los adolescentes sea puntaje nacional en la prueba de selección universitaria y el flash alumbre el momento exacto de la autoridad que le felicita.  Luego, el mismo reportero se irá a cubrir la manifestación de la Junta de vecinos que reclama por la apertura de otra residencia.

Vuelvo a la transparencia del huevo, que nos permite ver el futuro.  Diviso unas huestes de terraplanistas y negacionistas de diversos matices. Miro la moral victoriana reinstalándose en los salones y en los campamentos. Temo el riesgo inminente que se cierne sobre las mujeres, tal como en Afganistán. Aparece un cartel imponente con los mandamientos que borran los derechos de la infancia.  Sin embargo, pese a este escenario, a contrapelo aparecerán las semillas del mayo feminista, entre las que logro distinguir a una nieta de Rosa; las voces diversas del 2019 y los familiares con el rostro de sus desaparecidos prendidos en el pecho.  Mientras algunos escritores y poetas levantan carteles contra la inteligencia artificial; otros, en secreto, usarán Chat.GPT. Por mi parte, seguiré apostando por el momento de la creación, espacio insustituible que aún nos separa de las máquinas.

 

 

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