• Felipe Fuentealba Rivas

La narrativa nuestra de cada día

Actualizado: 16 de dic de 2020





La narrativa actual en Concepción es más bien pobre, precaria, lo cual, es un avance pues diez o quince años atrás era inexistente. En cantidad —y en ruido—, su situación además difiere por mucho de la de la poesía actual penquista que, aunque mala (con excepción de dos o tres nombres), se hace notar, busca espacios, por último, da jugo, sus poetas (malos) dan jugo. Y en ciertos casos —en ciertas borracheras— el dar jugo puede ser parte de la poesía. La narrativa no. La narrativa (pobre), guarda silencio, se toma un té con limón por las tardes y se va a dormir soñando con Daniel Belmar y con los dos o tres días que Bolaño estuvo preso en Concepción durante la dictadura.

Cuando me refiero a la pobreza o a la pretérita inexistencia de la narrativa penquista actual, no quiero decir, por supuesto, que no se hayan publicado libros, o que no existan narradores o aspirantes a narradores. César Valdebenito lleva un tiempo sacando libros casi cada año, Alexis Figueroa (poeta reconvertido en narrador), se atrevió el 2016 con un libro de relatos, y otros como Muñoz Coloma, Pablo Inostroza u Oscar Sanzana (que pareciera sacar un libro cada seis meses), desde hace un lustro —quizás un poco más—, vienen forzando la mano y publicando conjuntos de cuentos o novelas con mejor o peor suerte, aunque, hay que decirlo, sin mucho impacto. Y a eso, precisamente, me refiero cuando hablo de pobreza. No es tanto el número de narradores (aunque mientras más haya, más luminoso parecerá el futuro), sino la calidad, el tamaño de la ambición y la escasa circulación de sus obras. La comparación con otras ciudades del país nos ruboriza. Valparaíso goza de una narrativa actual de muy buena salud, y además muy consciente de su oficio, donde destacan Cristian Geisse -aunque hoy en día vive en Vicuña- y Cristóbal Gaete, quien hace unos años sacó ese librazo, legendario, Motel Ciudad Negra. Es curioso que ambos, declaren admiración absoluta por el gran Alfonso Alcalde —quien vivió y murió en Tomé, a una hora de Concepción—. De hecho, Geisse ha sido editor de la obra de Alcalde y tanto él como Gaete, cada uno a su modo, intentan continuar el singular estilo narrativo del maestro. Eso dota a la narrativa de Valparaíso de un sello distintivo que no estoy seguro posea la narrativa de Santiago, por ejemplo, y que sin dudas no posee la precaria narrativa de Concepción.

Si la narrativa de Valparaíso nos aventaja (perdón por la metáfora deportiva), a la de Santiago la hemos perdido de vista. De la mano del boom de las editoriales independientes, la capital del país ha producido en los últimos cinco o diez años varios libros de calidad. Qué vergüenza de Paulina Flores, El Sur de Daniel Villalobos, Lugar de María José Navia, La dimensión desconocida de Nona Fernández, o Leñador de Mike Wilson —que a mí me parece el mejor libro editado en Chile en los últimos diez años—, son sólo algunos de los nombres de una lista que podría ocupar todo un párrafo. La narrativa santiaguina, además, ha visto tomar forma entre sus páginas a las últimas dos —o al menos a las dos más ruidosas— corrientes literarias: la manida “literatura de los hijos”, inaugurada (en Chile), por Zambra en su libro Formas de volver a casa (y arruinada, como siempre, por las editoriales transnacionales y los académicos vinagres), y a la —más reciente— literatura feminista —explícita o solapada—, con autoras de calidad dispar (Arolas Uribe, Romina Reyes, Carolina Brown, entre muchas otras), pero que nadie puede negar que ha tenido un impacto profundo en las y los lectores. Ambos movimientos han pasado de largo por la narrativa penquista como si se tratara de una estación abandonada, un lugar que alguna vez tuvo cierto interés, cierta actividad, aunque haya sido clandestina, pero que hoy yace desierto y habitado sólo por fantasmas. Por supuesto, no quiero decir que los narradores penquistas hayan tenido —-o tengan— la obligación de subirse al carro de la literatura de los hijos o de la literatura feminista, de ningún modo. La única obligación de un escritor es escribir buenos libros. Sólo lo menciono para caracterizar la precarización y falta de energías del oficio, que ni siquiera ha sentido el impulso de sumarse a las estrategias narrativas de moda.


El problema, ciertamente, es más profundo. El escritor escribe, pero los libros tienen que imprimirse, tienen que publicitarse, tienen que circular. Quince o veinte años atrás a nivel nacional las posibilidades de publicación eran estrechas y supeditadas los antojos de las editoriales internacionales (Planeta, Alfaguara, etc.), que casi siempre eran, son, antojos de intereses financieros. En Santiago y Valparaíso eso lo han remediado las valiosísimas editoriales independientes (Hebra Ediciones, Editorial Kindberg, Montacerdos, Cuneta, Overol, Los Perros Románticos, Hueders, Pez Espiral, Los Libros de la Mujer Rota, y muchas más) que cada temporada lanzan libros, no sólo cuidadosamente editados, sino también libros arriesgados, ambiciosos, enloquecidos, bellos, que probablemente jamás hubieran tenido una chance en las editoriales más grandes. Además, las editoriales independientes han conseguido armar circuitos de difusión en distintas ferias del libro, coronadas cada año en la Furia del libro, (suerte de respuesta a la tradicional y rancia Feria del Libro de Santiago) en la que se reúnen, visualizan a sus autores y presentan sus publicaciones más recientes. El éxito de público ha sido impresionante. Afortunadamente, el boom de las editoriales independientes ha alcanzado a Concepción, aunque —como con casi todo—, de modo algo atenuado. Editorial Nébula, Editorial Taller del Libro, Mujeres de Puño y Letra, y otras más, mantienen actividades frecuentes y hasta han conseguido agruparse en la Feria de Editoriales Independientes del Bío-Bío. Esta iniciativa es un avance, un buen augurio, pero varias de las editoriales de Concepción aún adolecen de ediciones artesanales —en el mal sentido—, carencia de un proceso de edición y despreocupación por la calidad de los textos que están editando, sin mencionar que por lo general sus publicaciones son de poesía (en Concepción basta descorchar una botella para que aparezca un poeta). Quiero pensar que estos son los primeros pasos, que para abandonar la inexistencia de hace diez o quince años hay que atravesar esta etapa de precarización que prepare el camino para una época en la que cual las editoriales de la zona formen vínculos con las editoriales del resto del país, participen de sus circuitos no bajo la etiqueta de “Editoriales de Concepción”, ocupando la mitad de un stand al lado de la puerta, sino cada una con su sitio propio, sus autores propios, y sus proyectos, tan enloquecidos y hermosos como cualquiera.

Se ve que el panorama de la narrativa de Concepción es complejo. Pocos narradores, no demasiado brillantes, y pocas editoriales, aún a punto de dar el salto. Donde antes no había nada, hoy hay precariedad. Si este fuera un informe económico o un almanaque de fin de año, la moraleja sería desesperada, desoladora. Pero es una columna sobre literatura, y, por lo tanto, —aunque no lo parezca—, rebosa esperanza y cree en la promesa de Borges de que el futuro lo traerá todo. Además, la escribo en plena cuarentena, de tal modo que cualquier alternativa al presente me parece un alivio, un gesto de buena educación.