• Oscar Vivallo Urra

¿Qué está bien en Chile? Divagaciones en un país post-ansiolítico



Por Oscar Vivallo Urra

Uno lo puede ver con sus propios ojos. En los momentos de crisis vital, ya sea familiar, de salud, económica, existencial o emocional, aparecen también, a través de afortunadas rendijas, los claros y las iluminarias que surcan y nos acompañan en las noches de nuestras vidas. Delante de nosotros, inclusive en las crisis sociales y políticas, pueden emerger desde la bruma, así como ocurre en sus más oscuras manifestaciones, también lo mejor y noble del ser humano. Con el tiempo, ese hábito de instalarse en el púlpito de la moral pública, el cual practicamos con ánimo mordaz en las redes sociales y en la vida cotidiana, ha ido transmutando cuando aprendemos reconocer en los otros, en toda su humanidad, el aroma fresco de la fraternidad y la benevolencia. Mientras escribo esto, no sé si lo hago porque por fin dormí ocho horas ininterrumpidamente, o si debido a la primavera en el Wallampu, las calles, los paisajes y las personas se ven más iluminadas. Quizás es porque anoche bebí generosas copas de vino con mis buenos amigos.

Durante décadas sentí que para vivir en Chile había que tener una fuerte vocación por el consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Por razones políticas y, más tarde, por motivos académicos, familiares y existenciales, mi vida transcurrió alternando entre periodos de residencia en la angosta y larga faja de tierra, y las calles milenarias de las capitales germana y franchuta. Desde el otro lado del charco, situaciones consideradas allá como absurdas, ofensivas, denigrantes e, incluso, de carácter delictivo, en los parajes criollos se naturalizaban e incluso se celebraban, festinándose las mismas cosas que en otros lugares hubiesen revuelto las vísceras a cualquier ser humano de la calle. Lo que en Chile era (y aún lo es) una magnífica habilidad empresarial, en otros lares no es más que apropiación y saqueo legalizado de los recursos naturales, de los bienes públicos y del valor del trabajo. La lista es tan larga como el número de neuronas del cerebro, cuando se trata de poner en el centro de la mesa, a rajatabla, las zancadillas dirigidas a la calidad de vida de millones de seres humanos que conviven en los extramuros de los exclusivos barrios y condominios privilegiados de las urbes chilenas.

En el reino del clonazepán, la última noticia liberada por Ciper Chile a muchos debe haber tentado recurrir nuevamente a las recetas médicas. Al proyecto minero Doña Dominga y a la truculenta operación implicada en el negociado, se suman un extenso listado con rostro de prontuario que acompaña -a modo de bolsillo de payaso- la ética del primer mandatario, puesta (otra vez) en tela de juicio. La probidad del presidente de la República de Chile, objeto de una defensa corporativa de algunos sectores afines al empresario, no habría pasado ningún examen mínimamente crítico en aquellos países con los que tradicionalmente la corte de palacio se compara. Cabe reiterar que la lista de abyecciones presenta una extensión directamente proporcional a la poca importancia que para un sector social tiene ese accidente en los negocios que es el ser humano. Y no es aquí el espacio para reiterar, además, la mirada narcótica con que más del setenta por ciento de la población observa cómo el patrón y una minoría privilegiada da palmaditas en la espalda, mientras se apropia de la dignidad y del valor del trabajo de tantas personas trabajadoras, imponiendo a ellas un costo de vida inaceptable y sustentado por una normalizada subordinación crediticia.

Ese “malestar social” de décadas, que cada cierto tiempo se hacía visible como los borbotones de agua hirviendo de las antiguas teteras puestas sobre el fuego, con el octubre furioso del 2019 se derramó candente sobre la gruesa dermis de este Chile herido. De ahí en adelante, nada fue lo mismo. Ante nuestros ojos, lo mejor y los peor del ser humano cobró forma en la revuelta social y política que convulsionó nuestras calles, nuestra emocionalidad y nuestras formas de ver el mundo. Una implacable mordaza, que durante décadas había contenido la infelicidad cotidiana, solo aplacada con la soterrada anestesia del consumo, fue removida para dejar escapar la tensión contenida ante una realidad insoslayable: que vivimos la esclavitud moderna versión mil punto cero, atrapados en una vorágine de subsistencia solo puesta en paréntesis por breves momentos, debido a la disponibilidad de bienes y servicios a crédito o por instantes fugaces de epifanía espiritual o política.

Pero, también en el seno de las familias, en los lugares de trabajo, en las pausas para descansar durante las marchas y, luego, en el abrupto confinamiento a que no sometimos bajo un estado de excepción que cayó como anillo al dedo al gobierno de turno, surgió la discusión ciudadana cuestionando el sistema de vida resultante del modelo de desarrollo económico, las relaciones desiguales y violentas de género, además del abuso de poder en las relaciones laborales y sociales. Allí estaban (como siempre lo han estado) las demandas de los pueblos originarios y de comunidades con riesgo ambiental, enarbolando el derecho a la dignidad y a la felicidad construidas colectivamente. Todo ello estaba latente, esperando alcanzar la masa crítica para recuperar aquello que se nos había arrebatado: la posibilidad de incidir en la construcción de un mundo donde todas y todos tengamos un lugar y una manera digna de vivir.

Luego vinieron las alianzas de las organizaciones y de los movimientos sociales, además de la solidaridad de algunos sectores organizados con la población migrante. En barrios y campamentos, vimos reunirse a personas y familias en torno al fuego fraterno de las ollas comunes autogestionadas. Y la juventud, “divino tesoro” -como rabeaba Luca Prodán del grupo Sumo, allá por los ochenta- puso en la lucha callejera la conciencia y la corporalidad lastimada por las desclasadas embestidas de los balines, lumas y botas policiales. Y cuando los vapores lacrimógenos comenzaban a disiparse, en medio de nuestra perplejidad ante la pandemia, se conformó la Convención Constituyente presidida por la sabiduría o mapuche kimün de la lamngen Elisa Loncón.

Anoche pensaba, mientras compartía con mis amigos, que la ingratitud y la desesperanza son como un follaje indolente ante las sentidas plegarias del viento y de la tierra en que todo árbol está enclavado. Habituados a las inclemencias de la vida, con el espejismo brutal de la soledad en una selva darwiniana, hemos redescubierto que podemos tenernos los unos a los otros. Y ahora, mientras salivamos tras una mascarilla y continuamos refregando con gel desinfectante nuestras manos, los abrazos y los besos son lentamente resignificados en ese sacro milagro de encontrarse con un otro, existencia junto a existencia, para atesorar lo importante que es también la felicidad y el bienestar de todo ser humano.

Ahora, uno lo puede ver con sus propios ojos, sabiendo que siempre todo estuvo delante de nosotros. Estábamos apurados, con crisis de ansiedad ante la dificultad de la supervivencia, insensibles a los amores furtivos que son cada detalle vivencial anidado en la vida cotidiana, como el saludo al vecino en el ascensor o a la señora que vende frutas en la esquina, la luz del amanecer que se cuela por el cortinaje de nuestros dormitorios, el olor del café de la mañana o las páginas de un buen libro mientras se espera la micro en el paradero.

No hay mejor ansiolítico que rebelarse contra aquello que oprime y coacciona; no hay mejor psicoterapia que hablar y trabajar con los demás acerca del presente y del futuro que se anhela construir. Porque en ese claroscuro que es la condición humana, como síntesis dialéctica, surge aquello que concilia los opuestos con los que nos entrampábamos bajo la noción binaria de la desesperanza.

¿Qué está bien en Chile? Quizás descubrir que es bueno, cada cierto tiempo, esperar lo mejor de cada ser humano. Que, aunque la vida sea un desastre, siempre habrá un par de copas de vino alrededor de una buena conversa y, por sobre todo, una canción pegajosa de fondo que nos recuerda, una y otra vez, que contra todo pronóstico aún estamos furiosa y amorosamente vivos.

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