• Carolina Lara Bahamondes

VIH/Sida y activismo homosexual en Concepción: La pandemia que visibilizó a los otros cuerpos.



Esta historia comienza entre 1990 y 1991 en el contexto de la “peste rosa”, desde la acción del CEPSS (Centro de Educación y Prevención de Salud Social y Sida) y la realización del 1er Encuentro Nacional de Homosexuales y Lesbianas en Coronel, donde participaron organizaciones como el taller SER, el grupo LEA (Lesbianas En Acción), el Movilh (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual) y las Yeguas del Apocalipsis, la dupla de performance de Francisco Casas y Pedro Lemebel.

La pandemia del VIH/Sida irrumpió a comienzos de los años 80 en el mundo, provocando la alarma especialmente entre comunidades de homosexuales y bisexuales, los grupos indicados como de mayor riesgo. De hecho, pronto fue llamada “peste rosa” o “cáncer gay”, provocando al mismo tiempo un aumento de la estigmatización y la discriminación. Se creía que el contagio podía ocurrir con un apretón de manos, al saludarse con un beso en la mejilla o al compartir objetos cotidianos. Junto a la desinformación generalizada, había un nivel de inoperancia por parte de autoridades e instituciones, con campañas que, al hablar de protección, no consideraban el uso del condón, sino solo la pareja única o la abstinencia sexual, algo muy lejos de la realidad de diversos sectores. Todo esto provocó su rápida expansión. El VIH/Sida no tenía tratamiento y, padecerlo, implicaba una condena a muerte.

El primer caso en Chile data de 1984 y ocurrió en Santiago. Cuando el virus llegó al país, se encontró con una sociedad altamente conservadora y homofóbica, marcada tanto por la doctrina católica como por el sistema de violencia y represión de la dictadura. La pandemia fue la ocasión para instalar políticas de intervención social conducentes al sometimiento de los cuerpos y los deseos, un control moral que condenaba de plano las costumbres de las comunidades gay. Ser homosexual implicaba llevar una doble vida o no salir jamás del clóset.


En 1985, llegó la pandemia a Concepción. Poco a poco, se fue levantando un nivel de organización y activismo homosexual que tuvo aquí un epicentro. En la capital, las primeras agrupaciones de visibilización y defensa fueron Ayuquelén, formada en 1984 por lesbianas y feministas, y la Corporación de Prevención del Sida (hoy Acciongay), de 1987. Desde la región del Biobío, el Centro de Educación y Prevención de Salud Social y Sida, CEPSS, creado en 1990 por el sociólogo Christian Rodríguez, cumplió una labor pionera a nivel nacional: apuntó a la formación, la educación, la difusión, y a ampliar el radio de apoyo e inclusión hacia los otros sectores igualmente marginados que comenzaron a ser afectados por el VIH/Sida: trabajadoras sexuales, personas con orientación sexual diversa, dueñas de casa, liceanas/os, obreros y mapuches, creando –por ejemplo– el primer folleto informativo en mapudungun.


En pleno paso de la dictadura a la transición democrática, el CEPSS aceleró un proceso, siendo impulso para el 1er Encuentro Nacional de Homosexuales y Lesbianas, realizado el 1 y 2 de noviembre de 1991 en Coronel. Con la chapa de un encuentro de jóvenes en una iglesia adventista, fue organizado por el Taller SER, grupo de autoayuda creado por hombres homosexuales dentro del centro de prevención, y el colectivo LEA o Lesbianas En Acción, fundado ese año, entre otras mujeres, por la escritora Consuelo Rivera-Fuentes. Cuando aún faltaba mucho para hablar de “diversidad sexual” y comunidades LGBT, incluso por entonces la homosexualidad era considerada una enfermedad o delito (en 1999 fue modificado el artículo 365 del Código Penal que castigaba la sodomía), el congreso reunió a todo tipo de participantes del país. Había representantes del Movilh (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual), formado recién en Santiago con el histórico activista Rolando Jiménez a la cabeza, sumándose las Yeguas del Apocalipsis, la dupla de performance que integraron entre 1987 y 1997 Pedro Lemebel (fallecido en 2015) y Francisco Casas, hoy referentes internacionales. (Archivos en www.yeguasdelapocalipsis.cl).



Zaspirulín y maricón

A fines de los años 80, Guillermo Moscoso era un joven homosexual de Chiguayante, que creció ocultando esta identidad, circulando por sectores como poblaciones, tomas de terrenos, comunidades afectadas por la falta de empleos y la pobreza. El artista y performer recuerda que, para dirigirse a quienes eran diferentes, solía haber insultos y sobrenombres ofensivos: “colipato, soapisa, tereso, zaspirulin, maricón, tortillera, marimacho, lela”. Aun militando en partidos de izquierda, dice, debían callar y no ser evidentes por miedo a la discriminación o a ser rechazados. Solo era posible vivir la verdad en el encuentro clandestino con los pares, en lugares como la boite La Tropicana, en el subterráneo del hotel Cecil; en la cantina La Casita en la Pradera del Valle Nonguén; o en la discoteca Smile, camino a Lota, en Playa Blanca, de donde se vio arrancando una vez de una redada, “corriendo en una estampida de locas en medio de la oscuridad, cerro arriba, escondida entre las matas”.

Desde los años 90, Moscoso ha desarrollado un trabajo con el cuerpo, el activismo y la historia política reciente, donde el VIH/Sida ha sido eje fundamental. Empezando esa década, agrega, “ya se hablaba en el ámbito gay de que tal o cual persona tenía el sida, siempre desde el prejuicio, lo valórico y las buenas costumbres”. La discriminación se vivía incluso dentro de la comunidad: “Imagina el rechazo e intolerancia en otros espacios sociales. A muchos amigos los echaron de sus casas por ser maricones sidosos. Fueron tiempos muy tristes, desoladores, donde no teníamos los recursos económicos para ir en ayuda de ellos; la atención de salud era deficiente, no existían medicamentos antirretrovirales en el servicio de salud público”.


Los primeros casos en la región correspondieron a la realidad de la pandemia mundial en esa época, afirma Christian Rodríguez: “No podía ser una excepción, vista la importancia de la región en el contexto nacional. Era una zona muy empobrecida por la destrucción de las industrias más importantes, la cesantía masiva, la desprotección de los derechos laborales heredados de la dictadura. El sida tenía rostro de pobreza, de exclusión y marginalidad. Eran jóvenes demasiado jóvenes, eran historias de largos años de discriminación y de vida sexual clandestina”. Frente a esto, había que actuar muy rápido y de manera eficaz, aprendiendo de la experiencia de lucha clandestina contra la dictadura, precisa: “Se instaló una red de ayuda para evitar actos de discriminación. Había un principio básico de solidaridad, autoayuda y protección del anonimato de las personas viviendo con VIH/Sida, sus familiares y parejas. Era la época del pánico, del rechazo a todo contagiado. Eran las piedras e insultos a las casas donde vivían, la denuncia en el trabajo, el rechazo a ser atendidos por los médicos. Tiempos en donde teníamos que ir a buscar los cadáveres a los hospitales, ponerlos en bolsas negras y llevarlos directamente al cementerio a fosas comunes”.


En 1990, el sociólogo venía llegando del exilio en Francia, donde ya trabajaba en el tema desde lo académico y social, con nexos en la comunidad europea y organizaciones de lucha contra el sida, que le permitieron financiar una organización en Concepción. Recuerda las campañas de verano del CEPSS, las actividades como los conciertos por la vida, el trabajo en bares nocturnos y discotecas, la puesta de condones en kioscos, en centros universitarios y lugares públicos, las manifestaciones en las calles. Miguel Parra, ex integrante de la organización, artista visual, performer y su pareja desde entonces, agrega, entre otras acciones: el apoyo a la formación de sindicatos de trabajadoras sexuales, seminarios, la creación de un banco de medicamentos y de alimentos, la producción de la obra de teatro "Piedra de escándalo" de Juan Radrigán, el itinerario regional de un bus de la prevención, y la realización, en 1992, de una Escuela de Verano en la Universidad de Concepción paralela a la oficial, año en que la organización además abrió sedes en Santiago, Temuco, Valparaíso, Linares y Arica.

Frente al contagio, “se hacía imprescindible salir a decir a toda la población que había que informarse de manera objetiva y con argumentos científicos y no religiosos o de la moral dominante. Para nosotros, era posible vivir con el VIH/Sida, vivir la sexualidad teniendo sexo seguro. Era además un mensaje diversificado para diferentes grupos, jóvenes, mujeres, trabajadores”.


La mirada y el discurso que instaló el CEPSS fue más allá del grupo puntual de las y los homosexuales, explica Nancy Garín, investigadora y una de las curadoras en España del proyecto Anarchivo Sida, que los incluye: “Cuando (Christian) llega a Chile piensa que hay que crear un espacio que hable de salud pública con carácter social y político. El problema de las otras organizaciones es que van a trabajar muy específicamente sus sectores, por ejemplo, El Movilh, sobre el ámbito de la homosexualidad. Lo que el CEPSS va a decir es que éste es un asunto transversal de sectores y de cuerpos sociales que efectivamente el capitalismo intenta contener en un lugar muy determinado”. De hecho, agrega la investigadora, la problemática en Concepción, quizás a diferencia de Santiago, y a lo que apunta el CEPSS, “es que van a ser ciertos sectores empobrecidos los que se van a ver afectados por el sida”.


Pequeña militancia lumpen

En la crónica “Fértil Provincia Señalada”, Pedro Lemebel enumera los temas del 1er Encuentro Nacional de Homosexuales y Lesbianas: “a) Comercio sexual; b) Maternidad y paternidad gay; c) Cómo hacer el amor y no morir en el intento; d) La violencia en la relación de pareja; e) Legalidad homosexual en Chile”. Entre quienes participaron, describe, había “un arco de peluqueros, lesbos, yeguas penquistas, chillanejas, y mujeres”; hay también trabajadores sexuales, travestis, enfermos de sida...

Fue un hecho histórico del que mucho se ha escrito y hablado, dice Rodríguez: “Era una urgencia salir ordenadamente de la clandestinidad a la que habían sido sometidos los homos y lesbianas en el país, sin desconocer ese doble tratamiento para los que eran adinerados, de buen nivel social. Había que proteger, concientizar, empoderar e invitar a la organización. En ese marco, se impulsa el encuentro en Coronel, una ciudad muy significativa por el altísimo número de contagiados. Desde el taller de autoayuda, se crearon las condiciones necesarias. Fue una cantidad de manos anónimas, un correr la voz de oído a oído. Fue un encuentro clandestino con todo lo que del Chile gay y lesbiano existía, que así se dio cita en el punto geográfico que señala la mitad del país. Vigoroso, potente y emotivo fue el saberse muchos, miles y con ganas de vivir y luchar”. Fueron un viernes y sábado de diálogo, reflexión y talleres diversos: de autoayuda, baile, organización social y expresión artística, recuerda Miguel Parra. Lemebel habla en su crónica de un almuerzo con música de Ana Gabriel; y Pancho Casas, de las noches de fiesta con shows travesti, “donde por supuesto Pedro sacaba sus plumas y yo mis lentejuelas”.


Entre las conclusiones, escribe Lemebel, estaban la necesidad de armar una memoria homosexual chilena, cambiar la ley sodomita y el artículo 365, organizar el congreso nacional, cambios en los patrones culturales y reivindicaciones de dignidad, entre otras alianzas de un encuentro que al parecer fue sobre todo una catarsis de vivencias y testimonios. En el encuentro también se divisaron fracturas, tensiones entre la diversidad ideológica, las prácticas partidistas que replicaba el Movilh, y “la parodia ácida de Las Yeguas, en complicidad con lesbianas y locas, un antidiscurso que hizo tambalear enojados a los graves homosexuales de la capital”.


Para Miguel Parra, el primer objetivo fue crear una coordinadora nacional, lo que no fue posible “por la injerencia de Rolando Jiménez que quería crear un partido político. Era muy claro que nosotros teníamos una postura muy distinta. Éramos muy críticos de la política del Estado con respecto a las minorías sexuales y tampoco queríamos participar del gobierno, lo que sí querían algunos dirigentes del Movilh”. Pancho Casas cree que las diferencias eran aún más profundas y transversales. Tenían que ver con la falta de discurso, y el enfoque más político y académico que representaban como Yeguas del Apocalipsis desde sus vínculos con la intelectualidad posestructuralista y feminista de Santiago, con autoras como Nelly Richard, Diamela Eltit y Raquel Olea, o con textos de Foucault, Deleuze y Guattari. Casi no tenían interlocutores, agrega: “Hablábamos lenguajes y códigos distintos. Si vamos a armar un movimiento, ¿con quienes vamos a hacer alianzas, con qué grupos religiosos, partidistas? No tenían nada claro. Era una pequeña militancia lumpen, espacios donde no estaban lo académico, ni la pedagogía, la medicina o el arte, donde poder abordar, por ejemplo, la discriminación en los colegios o en la tercera edad. Soy homosexual, pero también homosexual de izquierda y pobre. O sea, no bastaba con serlo. Porque ser homosexual es una práctica sexual que se torna política. ¿Qué es ser homosexual en el fondo?”.

Las Yeguas del Apocalipsis participaron al mes siguiente en la primera marcha gay de Concepción. Cada 1 de diciembre se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra el Sida y, aunque en la foto se ven ellos adelante con un lienzo y un grupo de tranquilos activistas, para Casas, lo ocurrido en 1991 fue parte de un choque visual más que político, opina: “Parecían vestidas como para el carnaval de Río o para la cámara de la revista Vogue. Eran 6 ó 9 locas nada más. Frente a la catedral, gritaban ¡Rispeto, rispeto, querimos rispeto”, “¡Grita como hombre!, ¡quién te va a respetar así!”, les decía Pedro”. Fue durante ese viaje que realizaron “Homenaje a Sebastián Acevedo” en la Escuela de Periodismo de la UdeC, único lugar donde fue posible conseguir una sala y en forma disfrazada, recuerda Parra, que por entonces estudiaba en la Escuela de Arte. Lo habían intentado allí, “pero como yo mismo era muy discriminado por algunos de los profesores, no hubo respuesta positiva; se dijo que eso no era arte, que la escuela no se podía prestar para esos sketchs”.

Una performance conflictiva, censurada, opina Casas, con la que abordaron –más allá del tema VIH/Sida– la historia de los derechos humanos en Concepción a través de la cita al obrero de la construcción que se inmoló desesperado por la detención de sus hijos por la policía de la dictadura. La acción incluyó sus cuerpos desnudos pintados de blanco con cal, tendidos al suelo, televisores prendidos, el audio recitando números de carné, y la llama que se prendió y atravesó esa suerte de largo y estrecho territorio que dibujaban, llenándose la sala de humo. “Era un honor estar en la ciudad donde nació el MIR. Nosotros éramos cercanos a un socialismo duro y estábamos ahí para recuperar esa historia de izquierda”, dice el escritor y artista visual.

Para Nancy Garín, lo que ocurrió en Concepción tuvo sus bases en el movimiento contra la dictadura, pero excedió lo partidista: “La mayoría de la gente que creó las primeras organizaciones del movimiento de disidencia sexual venía de las organizaciones políticas. Todo esto debía ser pensado desde la politización, porque tanto el tema de la homosexualidad y de las disidencias sexuales es un asunto político. Hoy lo vemos con facilidad, pero en ese momento no estaba hecho. Hace 30 ó 40 años no había ningún elemento orgánico que los uniera y se crean ahí. Sin embargo, no podían articular su especificidad en sus militancias políticas y organizaciones. Es un momento en que los discursos de los partidos políticos de la izquierda o de la resistencia a la dictadura están totalmente agotados también”.

El CEPSS existió hasta que se acabaron los fondos en 1996, explica Parra: “Los personeros de la Concertación dijeron por todas partes en Europa que Chile había logrado controlar la epidemia y que el Estado no necesitaba ayuda de las ONG. Christian decidió entonces devolver los fondos que quedaban, cerrar y largarnos. Nosotros partimos al autoexilio”. La segunda mitad de los años 90, fue creciendo un movimiento local que se fue articulando a nivel nacional para ir muy lentamente viendo resultados. Recuerda Guillermo Moscoso: “Los pocos tratamientos que había no alcanzaban para tod@s. Eran tiempos de los listados de la muerte, donde la asignación llegaba primero a mujeres felizmente casadas y sus parejas, luego a hombres heterosexuales, seguían hombres homosexuales y al final quedaban trabajador@s sexuales y travestis. Muchos murieron en la espera”. Después del 2000, fueron consolidando su trabajo organizaciones como Positivamente Positivos, Aprovida y CREA, entre otras. Recién en 2003 se logró la cobertura universal de tratamientos antirretrovirales en Chile a través del Plan de Acceso Universal a Garantías Explícitas en Salud (AUGE/GES).

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