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LA LAMPARA DE ALADINO… O a propósito de los deseos/ Ursula Medalla

  • Ursula Medalla
  • 17 jul 2025
  • 7 Min. de lectura

 

                                                                                                                          Foto: Manuel Morales Requena.
Foto: Manuel Morales Requena.

“El mapa de mi territorio es el mapa de mi cuerpo, sus cicatrices son mis cicatrices, y esas heridas que sangran, son el registro que no se borra, que conservo para que nos veamos y nos reconozcamos en estos torrentes de lava ardiendo” (Úrsula Medalla. Poemario: Impronta insolente)

“Corazón contesta, ¿Por qué palpitas? Sí, ¿Por qué palpitas?,

Como una campana Que se encabrita. Sí Que se encabrita

¿Por qué palpitas? “ (Violeta parra. Corazón maldito)

 

Me pidieron hablar de las circunstancias de los últimos 30 años en chile[1], me invitan a reflexionar desde mi pensamiento y mi sentir, se destapa mi cráneo y obvio mi corazón; desde el punto de vista de la metodología antropológica soy la entrevistada, mi propio sujeto de estudio, pararse desde aquí tiene sus comodidades, porque conozco mi espacio, el territorio y su tiempo.  Hablar de chile conceptualmente me es extraño, porque siento que ese chile nunca me (nos) abrazó, y materialmente, significa que este chile desde sus orígenes impuso la construcción de una sociedad con el deseo de unos pocos a costa de la costilla de los todos, que son mis ancestralidades, mi familia, mis vecinos/as y mis amigos/as. Sin embargo, a fuerza de esas mismas circunstancias históricas,  asumiré la comprensión de lo que ha ocurrido en este territorio desde mi  lugar, con mi memoria, elegir la vida que decidí vivir como si fuera el último día, sin más razones que está necesidad de sentir la existencia como fuego de volcán en erupción; en esta decisión no hay remilgos ortodoxos, ni sentimentales, ni místicos, solo esta congruencia con ser de ningún lado, y del deseo de no tener ni querer pertenecer, sin dolor, sin ansias, sin pretensiones, sin siquiera una pizca de voluntad de querer pertenecer, aunque puede sonar extraño casi vacío (dirían algunos), pero hay equívocos en los pensamientos que están manipulados por algoritmos que se repiten sin sentir, esta constante idea de vivir de una forma, UNA FORMA, de la cual me resisto, para construir nuestras FORMAS.

¡Son muchas las circunstancias que pasan en treinta años, imaginen!, me detengo entre los pliegues de mi memoria y de mi piel, las señales, las cicatrices, porque ¿cómo he de hablar de treinta años sin mirar mis cicatrices?, aquellas que forman mi mapa corporal de la vida, estas son definitivamente el resultado de estos años en "chile", de ese concepto ajeno, en un territorio donde mi cuerpo y mi espíritu se han desplazado.

chile, tiene nombre de asesinos y cómplices silenciosos que destruyeron la vida de miles de chilenos, familias, hijxs, vecinxs, amigxs, marcaron a punta de balas, cárceles y torturas nuestras existencias; hace treinta años, cuando se suponía que estábamos en una “democracia”, el gobierno de turno, siguiendo la senda marcada por la dictadura, crea la cárcel más siniestra de América Latina, la primera cárcel de Alta Seguridad (CAS),  transformándose en el baluarte que mostraba un orden, que pretendía apagar las insurrectas manifestaciones de lxs que no se silenciaron ante la nueva mentira de una sociedad chilena, que se sentó en el cómodo sofá del “perdón”.

Fuimos jóvenes de cuerpos llenos de cicatrices, en el espíritu y en la piel, y no hay ninguno de lxs humanos a quien pregunté, si acaso sus cicatrices no son aquellas memorias de VIVIR, el cuero herido, la marca de fuego de la vida vivida, el cuero que muestra la herida que queda, como el monumental trofeo de fuego, como el torrente de sangre que fluye como lava hirviente, y arrebatado baja quemando todo, hasta que choca de bruces; y lloramos, y duele, y la costra duele más, y la sangre seca que irrita, y entonces supimos que solo el tiempo es aliado del dolor!.  Solo el tiempo "lo cura todo", dijo mi abuela atrevida sentada en los pliegues de ese cerezo que ella plantó. Por eso, cuando abrazo a mis amigxs les abrazo sus cicatrices, no faltan los que me han abrazado con sangre aún, he llorado con ellxs, mientras nos sentamos a beber que la herida sane y que el tiempo pase.

¡Treinta años como estertores de heridas del alma!, aquellos treinta años de ver crecer la mala hierba! Pasto seco, tierra sedimentada de traiciones que se vieron venir cuando mi viejo decepcionado, pobre y enfermo decidió chocar con su cuerpo en el vacío de una calle que jamás llevará su nombre.

chile es un territorio indefinido, impalpable, con acertijos de identidad, de grupos humanos empujados a vivir un despilfarro de consumo sin tener “donde caerse muerto”, endeudados, con tarjetas que nos hicieron creer que éramos clase media, cuando la verdad es que nos transformamos poco a poco en pobres peones esclavos de los “dueños de todo”, mientras nos amarraban con cadenas invisibles a los cimientos de los bancos y los mall. Un modelo económico, que determina nuestra cultura, nuestras formas de estar y ser en este mundo, un modelo hegemónico que “nos achica la calle”, y de paso, absorbe brutalmente los deseos de los seres humanos, deseos convertidos en deseo unívoco, irrevocable de pertenecer a una sociedad “exitosa”. Desde lo que se enseña en las universidades, que atraganta la rebeldía juvenil con falsas epistemologías que los llevan a ser fieles defensores de ese modelo económico, y si no defensores, deseosos que desean aquello que ofrece el mercado, corazones que se duermen en los avatares cotidianos de solucionar la vida. Una lamparita de Aladino que se raspa, se frota, se frota y aparece el maldito genio que te entrega un deseo a costa de cargar con su ira, y a costa de nuestros tiempos y nuestros amores.

De lejos, la ñaña Selma[2] me habla y me cuenta que su hijo menor está enfermo, su pecho se destripa, criado en el campo, en un pueblo del sur donde los gringos alemanes mandan: ahí entre la selva valdiviana “los indios huilliches” reducidos, tienen que morder el barro para aguantar tanto menosprecio vestido de ropajes de “ayuda”. Pero el hijo de mi ñaña tiene una enfermedad espiritual, su corazón se paraliza, su cuerpo se pierde en estertores inconexos, lo llevó a la machi, porque la lawentufe[3] le dijo que ella no podía; el largo camino a la montaña, para dar cuenta que el hijo menor deber ir a la medicina huinca; “y ahí está-me dice- en el psiquiátrico, porque no sabemos que tiene ñaña”; comprendo, quizá no del todo, pero comprendo su aflicción, y es que a él, como a muchos de nosotros se nos desencajó de la fuerza matriz del género homo en nuestra metamorfosis con la naturaleza, para ponernos “a pata pelá”, en los márgenes de una ciudad que se jacta de belleza apoteósica de plástico y luces de neón, en un territorio desbastado por grandes conglomerados capitalistas que extraen nuestro aliento que llamamos agua y tierra.

“Sin miedo y sin permiso, como bien kalluzas[4] siempre”- dijo la Merce, golpeada ella, golpeada su madre, su abuela, sus vecinas, me estremecí; que difícil fue nombrarse feminista, sin que aparezcan sarcásticas las miradas inquisidoras del nuevo orden “democrático”, y en un abrir y cerrar de ojos éramos muchas, pero “a pequeños avancez grandes retrocesos” dijo la Margarita Pisano[5] mientras atónita la escuchaba, sintiéndome cómplice, apañada y compañera, en secretos rayadas paredes que decían de algo más que poesía, eran nuestros sueños que queríamos lleguen a todas. Pero la mano invisible creó plataformas ecuánimes de participaciones proyectistas para financiar un feminismo insípido, que paso a paso se fue incrustando en voces cada vez más estructurantes cooptadas por el estado, que paralizó la lucha para transformarla en un plan siniestro de feminismo sin peso. Se nos quiso despojar de la ruptura, nos desplazaron de las calles, y con dedos acusadores, nos apuntaron como las enemigas de un movimiento que tenía nombre de hombre.

Treinta años, donde hemos visto pasar la vida con amores y desamores, donde radica  la capacidad humana de la creación, ahí, es la más vertiginosa emoción de vivir, quizá en el aliento diario, en un lápiz versátil, en un beso, en el abrazo, en la escucha, en un bote que cruza en la noche oscura para transformar el paisaje, donde están los ojos de tierra, la voz sincera, el lenguaje prohibido, las manos callosas de don Juan[6] que me sirven el plato lleno de comida, así sin más, en su chicha de manzana que me alegra entera, para reírme a carcajada limpia de todo y con todo lo que me rodea. En la divina comodidad de un asiento al lado de la estufa a leña que me seca los zapatos mojados por la tormenta que nos agarró recorriendo los Tren-Tren, en las historias de mi lemngen Iván[7] que vio colgado de un árbol a su abuelo indio, tres días y tres noches, porque el chileno le dijo que había robado el chancho que cruzó la cerca, esa cerca que se corría cada vez más para apretarlos. En la humildad de la lechuga que me como, y me entra como la hostia sagrada para que mi cuerpo se sane de tanto supermercado.  En la llama de la vela, con mate y pancito caliente, en la colcha que me cobija al alero del mate de la ñaña Elena[8] que ríe y teje, porque le gusta que le cuente mis historias de pelusoneo en la ciudad. Me pierdo en la más tenue y vertiginosa forma de estar, en la leve suavidad de las mawidas que hacen llorar a mi ñaña Ana, que solitaria le pide ngenechen que no lleguen más a parar el río que fluye bajo sus pies.

Treinta años, donde la identidad ya no es un problema antropológico para mi, donde la antropología es mi oficio, mi espacio de creación transformadora, el intersticio que no mutila, sino esa lamparita donde no está el cruel genio, sino las voces, las historias que se esparcen como semillas de renuevos de árboles que nunca se silenciaron, naciendo entre los cementos de la ciudad que avanza,  de los que hacen mi vida, y aparecen reflejados en cada una de las arrugas y las comisuras de mi piel de mujer. En cada paso una risa, en cada risa un sueño, en cada sueño la utopía, en cada utopía la esperanza.

 

[1] chile con minúscula porque Úrsula Medalla no siente que este nombre sea con mayúscula.

[2] Ñaña Selma, papay sabedora ancestral de mi territorio del huillimapu, quien día a día me entrega el cariño entrañable a través de los sueños.

[3] Refiere a la sabedora ancestral que cura con hierbas.

[4]  Se refiere a una mujer que es atrevida, que se atreve a hacer y decir las cosas. Este concepto se usa en el lenguaje cotidiano de la región del Bio-Bio, lo escuché por primera vez en la linda ciudad de Tomé en un grupo de mujeres con las que articulábamos feminismo.

[5] Pensadora feminista radical de chile, formadora y referente feminista radical en chile y otras lares.

[6] Chachay Juan, lonko sabedor ancestral de mi territorio del Huillimapu que me enseña día a día la humildad y la generosidad de la vida.

[7] Lamngen y wenuy Iván LL. quien es un luchador social de toda la vida, un imprescindible, como dice Bertolt Brecht.

[8] Ñaña Elena, papay sabedora madre de los más valientes werkenes del territorio del Futahuillimapu.

 
 
 

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