• Sonia Montecino

La media vida de nuestra libertad.

Actualizado: 4 de jul de 2021



Por Sonia Montecino Aguirre.


Una vez más, NN me coloca ante un “pie forzado”; me pide que escriba sobre palabras, términos y conceptos difíciles porque están marcados por una gigantesca temporalidad y densidad, y al mismo tiempo, son lugares comunes. Ahora me desafía con la palabra libertad. María Moliner, esa maravillosa española que sola, en su casa, en medio del mundo doméstico compuso el precioso Diccionario del uso del español, define la libertad como “Facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable…Estado del que no está sometido a la voluntad de otro…Falta de prohibición o de impedimento para hacer cierta cosa…Falta de coacción…”(2016:1544). Pensando en este diccionario, en cómo fue confeccionado y en lo que María dijo de él: "El diccionario de la Academia es el diccionario de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad"..., la libertad restalla y salta como desafío y pregunta.

Desde octubre de 2019 vivimos coaccionados por toques de queda y “estados de excepción” ya sea por los efectos represivos que tuvo la revuelta social o por la aparición de la pandemia. Falta libertad, qué duda cabe. Este estado de privaciones del último tiempo, siendo mundial, conjeturo que opera de manera singular en el inconsciente chileno: actuaría entre nosotros(as) como gatillante del recuerdo, de la memoria y de los traumas sociales de la dictadura, al menos para mi generación que pasó de un régimen democrático a uno autocrático de la noche a la mañana. En el mundo onírico, por ejemplo, han reflotado en muchos(as) esos miedos y angustias del pasado, al parecer de manera no poco frecuente, como me ha comentado el psicoanalista Edmundo Covarrubias; sueños de persecución y diversas expresiones del terror pueblan el lenguaje de nuestro mundo nocturno hoy día. La gran diferencia de la perdida de libertad entre la dictadura militar y la sanitaria es que la subversión a la autoridad en el primer caso suponía prisión, tortura y muerte -con el agravante que se podía tardar meses y a veces nunca, en saber del paradero de quienes eran objeto de la represión- y en el segundo multas y castigos menores, unido a que las nuevas tecnologías de la comunicación permiten saber al instante lo que le está sucediendo a una persona. En un caso el miedo proviene de los semejantes por su poder omnímodo y en el otro es el temor a un ente que no tiene vida sino dentro de nuestro cuerpo, amenazándolo.

Pero, en ambas situaciones de pérdida de libertad está rondando la muerte. Hoy día soterrada en cifras, agazapada en hospitales, como un soplo maldito, actualizada en los decires de amigos y parientes que se han visto envueltos en su halo. Lo paradójico es que anualmente hay más muertos por cáncer y otras enfermedades que por el virus que nos priva de libertad. Entonces, la muerte susurrante deviene en velo e imposibilidad de rituales, no hay libertad para abrazar y condolerse, la mayoría de las veces ni para despedirse del ser querido. La dictadura sanitaria impide los procesos del duelo, y la frialdad de los que gobiernan solo produce gélidos porcentajes; ninguna ceremonia colectiva y nacional que rememore esas vidas que de un modo u otro representan mundos enteros que desaparecen. Desaparecidos en la camanchaca (oscuridad en términos aymara) que nos rodea, los ecos de esas ausencias convocan antiguas fracturas, quebrándonos el alma.

La tecno burocracia se ha ido apoderando de esa facultad de no someterse a la voluntad del otro, naturalizando el toque de queda, las restricciones de movimiento, y la virtualidad nos rige como cárcel cuando tenemos que pedir permiso a una “comisaría” imaginaria gobernada por programadores cuyo pacto parece ser el de construir un orden enmarañado para quienes no dominan sus lógicas. Enfrentamos cotidianamente un entramado endiablado de posibilidades de traslado, de oposiciones como esencial/inútil, categorías de motivos para salir de casa, y cuando moverse no encaja con el casillero la única solución es tener un perro que haga posible la libertad de salir todos los días cuando rige la cuarentena. Los perros así han comenzado a escasear. Por otro lado, la gerontofobia se ha adueñado de los sujetos dictaminando quienes tienen más o menos libertad de movimiento, construyendo a los(as) viejos(as) como residuos; nominados como “abuelitos(as) -como si todos(as) fueran una masa homogénea- que hay que proteger por ser los más vulnerables, son la excusa perfecta para mantener la “excepcionalidad”. En nombre de su vida y su resguardo se edifica el nuevo orden pandémico.

Es evidente que la facultad de elegir nuestra conducta y la responsabilidad que de ella emana no funciona. Encerrados(as) por meses, acatando la dictadura sanitaria en vistas a la racionalidad que nos impone la idea del cuidado personal y de los demás, hemos sido testigos que al menor atisbo de liberación salimos como manadas o rebaño no inmunizado al mall que se abre, mientras se cierra la posibilidad de salir a la montaña o al mar (los permisos entre comunas no dan para tanto). El mercado es más importante que gozar del aire puro. Y lo aceptamos. La fatiga de cuarentena parece ser conjurada con compras de diversa índole, presenciales u on line (se sabe que la angustia es aplacada con el consumo) y los retiros de los fondos previsionales ha tejido un paraíso de gastos, sin que el gobierno haya planificado una política certera de apoyos o modificado el régimen previsional. Pero el mercado fluye y las baratijas llegan a las casas amortiguando el terror al contagio, a la muerte y mitigando la perdida de libertad.

Si en el pasado nos rebelamos contra las restricciones, ante el virus es como si no pudiéramos hacer nada, la dictadura sanitaria nos sobrepasa, la enfermedad y sus consecuencias son más importantes y fuertes que la autonomía personal y la autoresponsabilidad. Llenos de impedimentos seguimos en una suerte de media vida (nos mimetizamos con el virus) que, al parecer, tiene para largo. Infantilizados(as) y en un mar de prohibiciones la politización de la pandemia va ganando terreno con sus maniobras y su picaresca.

Pensar en la palabra libertad desde lo situado, como le digo a mi amigo Manuel, es un reto. Si María Moliner estuvo quince años en su casa armando su diccionario, sola, desafiando a esa autoridad androcéntrica de la Real Academia de la Lengua ¿cómo no podremos nosotros(as) transformar en libertad la casa en que estamos confinados(as)?