• Damsi Figueroa Verdugo

Poemas de memoria. Infancia, arte y amistad en el Talcahuano de los noventa

Actualizado: 24 de may de 2021



I

Fue el Talcahuano de principios de los noventa donde transcurrió mi infancia bohemia. Dos o tres días por semana me fugaba del liceo por un estrecho hueco en la reja del patio de atrás. Dos pasos y a la calle por donde pasaba la micro Las Bahías que me llevaba al puerto. No me podré explicar nunca esa inercia de ir a mirar los botes al muelle, las tiendas de pescados y mariscos, las casas colgando de los cerros y la lluvia, la veía venir, a la lluvia, como si fuera un portento, acercándose desde el mar, con esa carga de estruendos y presagios: “Como si tuviese/que yover eternamente/sobre todo/lo llovido//Busco y busco./Urgo, urgo./Escarbo y más escarbo.//Remo y más remo/Remero de pasión/En cuantomar,/perdido.//Inmerso/en su obstinada/huella animal…//Ahhh…tanta palabra/terminará/extenuándome! (Omar del Valle, en Ojos de Luna)


II

Cuando la lluvia arreciaba yo corría a buscar refugio en la casa o el taller de algún artista. Café, cerveza, cigarrillos, era todo lo que necesitaba para pasar la mañana, y la conversación, que era todo mi alimento. Conversar largamente con la lluvia golpeando los techos, la humedad, el hambre y el ansia por entender qué era esta pulsión que llamamos escritura, no habría sido lo mismo si a la vuelta de la esquina no hubieran estado ellas dormitando el delirio de los desposeídos, si el cementerio más triste del mundo no hubiera estado ahí, alimentando la muerte al final de la calle: “Quiero incienso/para estas calles/donde las niñas bonitas/dejan retazos de trapos viejos//Dios se tapa los oídos/cuando tranzan/los bienes carnales/en el portal del “Cuartito azul”//Pedazo de Sodoma iluminado/mi ventana da a tus piernas/Esta ceremonia nocturna/vale más que cien cristianos en misa”. (Alejandra Ziebrecht, fragmento del poema Instantáneas)-


III

Nada nuevo bajo el negro sol, la miseria y el amor, el deseo y el despojo amalgamados. Yo aprendía a nombrar lo innombrado en la cínica educación de ese liceo católico que odié con toda mi alma. Aprendía a nombrar el mundo a través de las palabras de los poemas de Alejandra y de los otros poetas del grupo Entropía nocturna, fundado y desfundado por Omar del Valle, Marcos Cabal, Rodrigo Calderón, Alejandra Ziebrecht, Rodrigo Hernández entre otros que no recuerdo ahora (aporque estoy hablando de recuerdos, no de hechos o verdades). Aprendía a mirar el mundo en las pinturas y grabados que nacían en esos reductos de paraíso que fueron el Taller Falucho de grabado y el Taller del patio, donde trabajaban Claudio Romo y Robinson Delgado, pero sobre todo la casa-taller de Berta Ziebrecht. En esas mañanas de invierno, porque en Talcahuano siempre es invierno, nos fundíamos con el mundo que nos rodeaba, el sórdido y bello mundo que nos daba el aliento para crear con palabras, con pinceles. Berta me hablaba de los arquetipos femeninos desde el psicoanálisis jungiano, me hablaba de Virginia Woolf, Frida Kalho, Van Gogh, Leonora Carrington, y yo salía a las tres de la tarde corriendo escaleras abajo por el cerro David Fuentes, para volver a almorzar a mi casa “después del colegio”: “Los surcos de tu espalda/ son avenidas/donde rompen las entrañas/de tu tierra//Morimos en la desesperanza/morimos en la humedad/de los hospitales/rieles/y cuchillos//La tela crepuscular/soporta las columnas/el pelo/los pies pequeñitos/la formal indiferencia/de quien toma un tren/y rompe tu esqueleto//La falda/el duelo/el techo largo/de la habitación/sin espejos/donde la cicatriz/es una grieta”.(Alejandra Ziebrecht, Frida).


IV

A Alejandra Ziebrecht la conocí por mi madre, quien le contó que tenía una hija que pintaba para poeta o para loca, no lo sabía muy bien, y que bien le haría falta ser examinada por una artista de profesión. Supongo que fue la única vez que mi madre habría manifestado una duda al respecto, porque nunca antes ni nunca después sentí recriminaciones de su parte. Eran colegas en una escuela de Medio camino, a donde llegué una tarde premunida de varias carpetas con poemas para esta mi primera entrevista examinatoria. Recuerdo que cuando Alejandra me pidió que leyera algo me subí a la mesa de la sala y me puse a declamar…pasé la prueba con premura y no sé si habrá sido mi avezada y desbaratada performance o qué, pero por alguna razón nos hicimos amigas ahí mismo, ese mismo día y hasta hoy. Llevo treinta años leyendo su poesía. Escribo esto para explicar cómo partí este texto queriendo hablar de Alejandra y terminé hablando de mi misma y otros artistas de Talcahuano que somos los mismos. Y era un mismo territorio, es un mismo territorio: Halpencillo, San Vicente, Talcahuano, Las Salinas, lo viejos barrios prexistentes al levantamiento y decadencia del más salvaje y despiadado cordón industrial de América del Sur. Creo que haber vivido en ese paisaje devastado nos hizo mirar hacia adentro con más hondura, con más urgencia y crear los más vivos paisajes interiores para sobrevivir al descampado. “Varada en esta isla/soy la mujer que orilla los abismos/conservada en la sal que me condena/a mirar solo un costado de la vida//El silencio me ocupa y me desvela/la marea provoca pulsaciones/suenan ecos de risas en el cielo/traqueteos de estrellas y de soles//cogida como estoy de las caderas/haciendo chapuzones con la lengua/me lleno la cabeza de infinito/mientras el musgo me atrapa los talones. (María Teresa Torres, Varada).


V

Con Alejandra y Marcos Cabal, partimos a mi primer encuentro de poesía en el Sur, en Futrono. Era la primera vez que salía de la región para abrazar el mundo y lo haría para descubrir que el mar era más ancho y propio de lo que pensaba, que el sur era infinito como el cielo, y que los botes de colores llegaban por alguna magia hasta tierra adentro para encallar en islas que emergieron muy lejos del mar. De pronto los poetas de Talcahuano fuimos también los poetas del sur, junto a Jorge Velázquez, Bernardo Colipán, Sergio Mansilla, Heddy Navarro, Bruno Serrano, Rosabety Muñoz, Maha Vial. Fue en ese encuentro cuando leí parte de mi poemario, entonces inédito, Judith y Eleofonte. Alguien en el auditorio, justo frente de mí, una mujer mayor, se reía con descaro. Al acabar mi lectura y desde su cómodo palco me preguntó si mis poemas eran lésbicos porque yo me los imaginaba así o por algo más. No recuerdo qué contesté exactamente, pero me di cuenta que hasta ese momento había vivido naturalizando algo que el mundo no aceptaba ni toleraba con facilidad. No importaba si estaba en mi vida o en mi literatura, era igualmente cuestionable y siempre tendría que estar preparada para dar una explicación sobre ello. Esto nunca lo aprendí antes entre los artistas de Talcahuano, quizás sea propio de nuestra idiosincrasia chorera, no juzgar ni hacer preguntas. “Gozo mi participación en los extremos/la cuerda afloja una sonrisa//Abajo el laberinto espera//Soy siempre las otras que no reconozco/bailando en punta de pie por esta historia.”[1] “No había más oportunidad de vivir que escribiendo/Trazar mapas de territorios imaginarios/olvidar y recomenzar como ciegos/como recién tirados al borde de las alcantarillas/trepábamos una palabra como un salvavidas/nos aferrábamos a los tonos más límpidos/luego bajábamos a la profundidad más oscura/como braseando en un río caudaloso y sin rumbo/un día dijiste que no era literatura sino deseo”. (Alejandra Ziebrecht, en A través del espejo).



VI

La literatura como la vida se fueron complejizando intrincada e inexorablemente. La escritura y el deseo, la búsqueda de la autonomía, del cuarto propio, del pensamiento propio, del propio riesgo en el que hacer y el deshacer con las palabras. La poesía de Alejandra se encumbraba en los mundos interiores y hacía de su propia casa una barca en medio del océano. Hace un par de años presenté en la Pinacoteca de la Universidad de Concepción y después en Santiago su libro La barca de los conjuros. El libro cuenta una historia de amor, dijo alguien por ahí, pero el amor y el desamor conspiran en el mismo poema y ahí radica el verdadero drama, que vale la pena contar para que el placer y el dolor no se consuman en vano. El amor es también una excusa, para la vida y para la literatura. Pasamos por él como por un puente que nos conduce del delirio a la muerte. Pero hay una pequeña probabilidad de salvarse de este tránsito estrecho, una minúscula posibilidad de alcanzar la libertad como experiencia de creación y de vida se abre al escribir la propia historia. “Era nuestra casa nuestra habitación nuestra cama/Y la gran interrogante como una visita inesperada fantasmal/Enorme en su abismo grandiosa en sus laberintos/La duda que jamás visitó a Gatsby ni a Mersault/La misma que aniquiló a Scott y a Ernest/En medio de la oscuridad busqué un lugar para saberme /Mas yo que nunca/Y no importaba si cada cual nutrió su dosis de locura/Necesitaba el valor como nunca necesite tu cuerpo/Con más intensidad con mayor empeño/Invoqué el valor para no desaparecer/Para no ser una cosa tuya para no morir ahí de golpe/Para quedarme y escribir mi historia”.(Alejandra Ziebrecht en La barca de los conjuros).


VII

Resuena aquí lo que aún no se ha escrito del Talcahuano que vimos morir ahogado por la contaminación, saqueado por la industria, golpeado por las olas. Resuena aquí lo que no hemos escrito sobre las riquezas naturales de la península de Tumbes, de sus playas, de la belleza de los bosques y las playas de la península de Hualpén, de la importancia vital del humedal Rocuant Andalien. Resuena aquí una forma de vivir y de mirar el territorio que nos contiene, desde adentro, desde el fondo. “Todos escriben el mar desde arriba/nadie le escribe desde abajo/desde los guijarros del fondo del espejo/que ven pasar la quilla de los barcos.//Nadie se fija en los locos guarecidos/en sus vistosas conchas de abanicos/ni en la caminata de las apancoras./Nadie escarba las arenas sumergidas/o trata de sacar un pedazo profundo./Todos, tú, yo, miramos desde arriba/y nadie baja a escribir/el sol filtrado a través de las olas. (Luis Osses Guiñez, Desde el fondo)


VIII

Estamos rodeados de espacios invisibles que no aparecen en la literatura. No cunden en nuestro imaginario ni nos ocupa su existencia, su permanencia o su derrumbe. Son esos no lugares borrados por la ignominia. Una isla, por ejemplo, que desapareció del mapa mental de los habitantes de la bahía de Concepción. Aquí se cumple el portento de la metáfora de la niebla: una tierra que aparece y desaparece según la conveniencia de los tiempos, y los poderes que hagan ostentación de ella. Es muy probable que la historia que no nos hemos contado esté detrás de esta niebla espesa. Es probable que los mapas que no hemos trazado nos conduzcan a dimensionar el verdadero tamaño de esta tierra y su verdadera riqueza. Es probable que podamos exonerarnos de la videósfera y buscar imágenes genuinas, necesarias, más allá de la parodia y la ironía, que se nos imponen como inteligencia crítica, como diálogo infecundo. Es probable que existan otras palabras que no conocemos, otras imágenes que debemos crear aún para nombrar lo innombrado, he ahí el conjuro del poema: “…Por ejemplo yo, que me crié mirando fijamente a la distancia/la isla Quiriquina; imaginando su pura inexistencia/y olvidando su realidad de tumba y de presidio./Y que solo la visité una vez siendo niña/en un paseo escolar junto a mi madre y mis hermanos…/Para mí, esta isla, estaba cerca./Está por la impotencia de niña frente al miedo y la injusticia./Está frente a la muerte de mi abuela /y a su silueta ausente en esa ventana de edificio,/desde donde veíamos aparecer y desaparecer ese misterioso girón de tierra.//Así aprendí la fantasía, viendo ir y venir esa montaña en el mar de mi infancia,/viéndola desaparecer y aparecer entre la bruma como una ilusión la justicia,/viéndola desaparecer tras la lluvia que borra todas las palabras /y las transforma en náufragas promesas…// Así crecí y así nacía la poesía dentro de mí,/como una isla especular que me latía,/como un volcán silencioso de lava y de preguntas.//Había que salir al balcón cada mañana,/había que asomarse a la ventana en medio del invierno/a ver que la isla no se hubiese fugado para siempre./…//Hubo un tiempo en que mi abuela no paraba de cocer/y la pesada estructura de su máquina de fierro/obstaculizaba el viejo mirador de mi destino./Sentada en su silla de modista pedaleaba día y noche en sagrado afán,/y yo, que tanto la amaba, no podía interrumpir su rito creador./Entonces, subí a escondidas la escalera del edificio y golpeé una puerta del piso de arriba./Señora, dije, a una mujer que como mi abuela, lucía el delantal de la hacedora del mundo./Señora, dije; busco una isla, y aunque usted no sepa/o no me entienda, es imperioso que me deje entrar para verla./Señora, yo no quiero ver sus cosas ni me importa conocerla a usted./Solo quiero sentir ese frío audaz de la vidriera y asomarme /al abismo de su transparencia./Solo quiero dejar estampado el eco de mi aliento sobre la retina de su casa, /que no es la retina de mi casa, pero en este caso es como si lo fuera.//Cerró la puerta sin decirme nada nadie/muy pocas personas quizás ninguna entendería,/cuán importante es la visión para una niña /que debe custodiar la memoria y la distancia relativa de una isla. (Damsi Figueroa Verdugo, fragmento de La distancia relativa de una isla).