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  • Andrea Franulic

Quemar los cimientos/Andrea Franulic

Actualizado: 3 feb

Foto:Pamela Alvarado Alvarez


Pocas pero bastantes...

(Emily Dickison)


Quemar todo lo patriarcal desde los cimientos: su educación, leyes, religiones, medios de comunicación, etc., un largo etcétera. Quemar todo lo patriarcal, como sacar la maleza, para que florezca la vida, lo vivo, la biofilia, las relaciones porque sí, el cuidado del mundo natural, “animal, vegetal, sublunar y celeste”[1]. Quemar la política con poder, sus partidos políticos, su congreso, para que solo practiquemos la política primera, la que realizamos las mujeres hace milenios, la que efectuaban las Damas en sus Salones en el siglo XVII. Quemar todo lo patriarcal para que las Brujas resuciten desde sus tumbas.


Este era el mensaje de la maravillosa Virginia Stephen, más conocida como Virginia Woolf, en su libro Tres Guineas, en el que relaciona la educación patriarcal con el fascismo y la necrofilia de la guerra. Es un libro que publica antes de quitarse la vida, antes de que se precipite la segunda guerra mundial. Y este fue el mensaje que yo palpé, junto a las mujeres con las que hacemos la política primera y junto a otras y a otros, estudiantes quizás, trabajadoras tal vez, mujeres y hombres corrientes como una misma, en las calles de Santiago y en las de otras ciudades de este país, durante la Revuelta Social de 2019. Lo palpé, olí, sentí, grité, encarné, con una alegría y esperanza inusitadas.


¡Por fin quemaríamos estos roídos cimientos, asentados sobre el matricidio que recorre su civilización de la muerte, levantados sobre la base de la depredación de todo lo vivo… por fin! Era profundo para nosotras. No le restábamos urgencia a terminar con las isapres, las afps, las injusticias y desigualdades aberrantes, la impunidad de la mafia masculina y criminal de cuello y corbata, de tanque y metralla. Pero era más hondo todavía, y de más atrás. Era como un murmullo subterráneo de todas nuestras ancestras que nos decían que no podíamos claudicar, susurros de sibilantes sibilas que al oído nos decían: “¡que arda! (…) ¡que arda!, ¡que arda! (...) ¡hemos terminado con la guerra! ¡Hemos terminado con la tiranía!… y reirán las madres, las abuelas, las brujas desde sus tumbas: ¿por esto fue que sufrimos inquisiciones, burlas y desprecios?”[2] ¡Cómo no escucharlas!


Y por qué no encender algo aquí y allá, sin que muera nadie, ni una planta, ni una araña, nadie, porque amamos la vida. Sin embargo, no amamos las instituciones ni los monumentos consagrados que la denigran. Entonces, por qué no encender una llama que avance rápido por una inmobiliaria, una central hidroeléctrica, un canal de televisión, una cadena farmacéutica, por nombrar algunos. Así como lo hacían en los setenta las hermanas de Rote Zora: “la lucha radical de las mujeres y la lealtad a la ley son incompatibles”, decían. Esta es una certeza de esas rotundas. Sin embargo, apenas nos manifestábamos mi compañera y yo cuando unos pacos motorizados nos arrinconaron y, con un garrote amenazante, nos escupieron varias veces a la cara la expresión “¡perras!”. Con un tono de voz que todavía resuena en la memoria de mi cuerpo: ese tono misógino de los violadores y torturadores de mujeres y del mundo animal.


El miedo se apoderó de mí. Aun así, no dejamos de salir a las calles, de a dos, de a tres, de a cinco, de a miles. Claramente, mi valentía no iba por ese lado, mi valentía ha ido más por el lado de las palabras. Las palabras que siempre se arriesgan cuando son dichas auténticamente. Además, la quema de los cimientos, propuesta por Virginia, es una quema simbólica; es una revolución simbólica que genera un cambio profundo de sentido de la vida y las relaciones, que pretende erradicar la violencia patriarcal necrofílica, y recibir a las recién llegadas y a los recién llegados al mundo con respeto, cuidado, amor y apertura. Una vez que sucede, no se detiene. Es esa la revolución simbólica radical que ha echado por tierra el contrato sexual que fundó los patriarcados, donde cada vez más mujeres expulsan de casa al golpeador, al violador, al incestuoso, al patriarca. Donde cada mujer lo ha expulsado de su mente y de su vida.[3] Estas revoluciones han sido más consistentes y transformadoras que las conocidas y renombradas por la historia masculina, que han terminado en negociaciones de poder, manchadas con la sangre de quienes valen, sin escrúpulos y en una impunidad naturalizada.


Por eso, salíamos con lienzos que decían “Las mujeres no somos cuota, somos la medida del Mundo”, o bien, “Las herramientas del amo, no desmontarán nunca la casa del amo” o “Hacia una educación centrada en las mujeres”. Y escribíamos con tiza el asfalto: “Ni patria ni marido ni dios ni ley ni bandera ni ejércitos ni presidente”. Con las feministas autónomas – que se negaron a negociar con los poderes militarizados y los partidos vendidos de la Concertación u otros conglomerados políticos, a fines de los años ochenta e inicios de los noventa– cruzábamos la línea de fuego con un lienzo gigante, pintado con los nombres de todas y cada una de las mujeres asesinadas durante la dictadura. Íbamos como gigantas llevando el nombre de otras gigantas.


Repartíamos panfletos con ideas que queríamos que dibujaran nuestros deseos de buena vida: “Esta revuelta tiene mucho de ‘orden simbólico de la madre’. ¿No lo ven? ¿No lo vieron antes? Sospechamos que ese fue el problema. Pues, ¿qué es, sino, querer que desmilitaricen el territorio, que devuelvan el agua, que dejen de torturar y hacer desaparecer gente, que dejen de matar y violar a mujeres y niñas? ¿Qué es, sino, desear una vida digna, basada en relaciones humanas, ‘no instrumentales’?”[4] Lo nuestro era terminar con la política con poder, con la institución de los pacos, con la clase empresarial. No buscábamos votaciones ni una nueva constitución, a sabiendas de que la anterior (y actual) estaba hecha a la medida de intenciones asesinas. O era enraizadamente radical la revuelta o no era.


Y no fue. Se sumó a la inercia de las revoluciones masculinas. Se firmó, entre gallos y medianoche, un nuevo pacto social, promovida esta firma por el que luego fue electo presidente. El discurso oficial se centró en la apuesta por una nueva constitución. En otras palabras, el virus inoculado de la institucionalización y el “mal menor” se infiltró para apagar la llama que quema los cimientos, e instalar una vez más la hipocresía por sobre la autenticidad: “Cuando los medios de comunicación muestren al Chile neoliberal en su formación social genuina, se habrá cumplido la paz mediática, por medio de la fuerza desmedida de los agentes del orden y de la doxa servicial de los medios, con sus ‘rostros’ que ganan millones, con sus caras y caretas que rastrean la posibilidad de aquel hipócrita pacto nuevo, asunto que les dará más beneficio en el espectáculo.”[5]


Junto al discurso mediático y la institucionalización fagocitadora, la represión encarnizada de las fuerzas militares y policiales a la que el gobierno criminal de turno dio rienda suelta, en medio de toques de queda y estados de emergencia, quiso aplastar ímpetus, verdades y esperanzas. Intentó aplacar la mirada, la visión y el despertar, es decir, el ver la realidad tal cual es, disparando a los ojos perdigones, dejando a varias y a varios sin vista o con daños oculares muy graves. Hace unos días, un muchacho que recibió de estos disparos se suicidó: no ha sido el único. Tampoco sabemos del paradero de la mayoría de las presas y presos de la revuelta, jóvenes, incluso adolescentes. O de quienes murieron en los incendios provocados por los milicos, siempre en circunstancias confusas. Y una vez más, gran parte de los asesinos quedó impune. Nosotras, frente a la represión implacable dijimos: “La única violencia que reconocemos es la violencia patriarcal y la violencia de estado; no nos sumamos al coro hipócrita contra la delincuencia y su parodia televisiva. Como dijo la beguina Hadewijch de Amberes, a principios del siglo XIII, la fuerza con la fuerza, el amor con el amor… todas las cosas hay que buscarlas en lo que ellas mismas son.”


Pandemia mediante, la secuencia de los hechos posteriores –aburrida, repetitiva y superficialmente encadenados– ha sido totalmente predecible: el neoconservadurismo, el neofascismo, la pseudoizquierda vendida, la patética derecha y su poder fáctico, el periodismo de pacotilla, el fracaso del voto y la democracia patriarcal y capitalista, la alarma exacerbada por la delincuencia, el buenismo progresista de la inclusión y la diversidad, en definitiva, y como siempre, la decadente política con poder conjugando miedo y olvido.


Así, el primer plano superficial de los padres[6]se debate en las mentiras consabidas. Sin embargo, en las profundidades oscuras de las raíces del origen femenino de la vida, en las aguas subterráneas y milenarias del amor a todo lo vivo, en la acuosidad tibia de la placenta donde oímos las primeras voces, en la vetusta y originaria noche estrellada, varias y algunos no olvidamos, y desenmascaramos sus engaños donde quiera que estemos, día a día, con nuestra sola presencia, con la imperiosa verdad, con cada gesto, cada acto, cada palabra. Sabiéndolos miserables y mediocres, en una carcajada nos burlamos, y a veces, en un rugido, maldecimos como Brujas. Y sin embadurnarnos, seguimos con lo nuestro, que es un Motín a lo grande.


[1]Sor Juana Inés de la Cruz. [2]Adaptación de Tres Guineas a libreto teatral, por Jessica Gamboa Valdés. [3]Librería de Mujeres de Milán. [4]Declaración de Feministas Lúcidas ante los acontecimientos en Chile (24 de octubre de 2019) (feministaslucidas.org) [5]La revuelta desbordada y la paz mediática – Fernando Franulic Depix (26 de octubre de 2019). [6]Mary Daly.

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