• Matías Díaz Huirimilla

Sobre disidencia sexual, territorio físico y herramientas simbólicas: Coyhaiqueer de Ivonne Coñuecar

Actualizado: 24 sept 2020


Coyhaiqueer (Ñire Negro Ediciones, 2018) es la primera novela de la periodista y escritora Ivonne Coñuecar. En ella se toca una variedad de temas, entre los que se cuentan la dictadura militar de Augusto Pinochet, la marca de violencia que esta dejó en el país y la relación entre aislamiento y modernidad que siempre ha definido a Chile. No obstante, ellos son solo un complemento para el motivo mayor, delatado en el título de la obra. Como la etiqueta “Coyhaiqueer” sugiere, la novela presenta a personajes que inician el recorrido narrativo en Coyhaique, al tiempo que viven el ser queer en la palabra, la corporalidad y el afecto. Así, siguiendo las historias de Elena, Jota, Mateo y Óscar, Coyhaiqueer realiza una narración de lo que significa ser disidente sexual con una perspectiva temporal y geográfica específica: el Coyhaique de los 80 y los 90. Esta historia destila varios aspectos interesantes, algunos de los cuales paso a referir.

Lo primero que se debe destacar de la experiencia disidente de los personajes de Coyhaiqueer es la conceptualización de la ciudad como conjunto de espacios físicos y simbólicos que hieren. Coyhaique, ente vivo dentro de la narración, es un nicho de murmullos. Esta ciudad de la ficción está compuesta de silencio, aislamiento, estigmas, suicidios y, sobre todo, de una herramienta colectiva de castigo: el murmullo; instrumento que se emplea sin miramientos contra los disidentes sexuales, sus corporalidades incómodas, sus voces estridentes y el desafío que suponen sus libres paseos por las calles. De esta forma, configurando a un violentador tan abstracto como específico, se vislumbra una gran característica de la novela: la significación ineludible de los lugares.

En segundo lugar, resulta natural preguntarse: ¿Qué hacen los personajes ante tal antagonista? La respuesta es simple: escapar, porque Coyhaiqueer es también una historia de intentos incansables por llegar a un lugar de bienestar. Los personajes de la novela prima de Coñuecar, entonces, escapan de Coyhaique dos veces: migrando a centros como Valdivia o Santiago al alcanzar la mayoría de edad para vivir maduraciones necesarias y creando un Coyhaique alternativo, un Coyhaiqueer. Del par de fugas, me parece más apropiado hablar de la segunda, por ser el hecho que da nombre a la novela. Elena, Jota, Mateo y Óscar “crean” Coyhaiqueer como un lugar seguro de escape colectivo y temporal que los ayuda a sobrellevar la adolescencia en un contexto que pretende anularlos. Por ende, este territorio es: un lugar de ruido exagerado y electrónico para romper el murmullo de Coyhaique; una zona de unión que junta a los violadores de cualquier norma social en un espacio-tiempo en el cual se resiste a la opresión, llevando a los disidentes sexuales a ser amigos de rompedores de la moralidad como las prostitutas y los dealers, por ejemplo; y un sentimiento de valía, orgullo y apropiación de lo considerado raro, ya que, como declara Elena: “Incomodábamos, esa era la mejor parte” (p. 36). Lo más importante de la creación y del habitar este Coyhaiqueer es que lleva, inevitablemente, a los personajes por un proceso bellísimo: el de pasar de ser seres frágiles y vapuleados por el murmullo de Coyhaique a seres resistentes en ese “pequeño imaginario para los cuatro” (p. 39), a personas que no solo se re-apropian y re-interpretan la ciudad natal, sino que, en la unión con los amigos, conquistan también otro territorio igual de demonizado: el cuerpo. Es decir, en la seguridad de Coyhaiqueer, la corporalidad y el afecto pueden fluir como cada quien se sienta más cómodo, lo que de por sí resulta revolucionario y, más aun, en una trama que refiere a la dictadura militar.


En tercer lugar, no puedo dejar de destacar la cualidad de “novela soundtrack” que caracteriza a esta obra de Ivonne Coñuecar. A lo largo de la trama, una serie de canciones de culto funcionan como intertexto para los caminos de los protagonistas. De esta manera, la novela se anuncia como un texto multimodal, cuestión que no es anecdótica, sino que hace referencia a la función de espejo y de acompañante que la música juega para la disidencia sexual y a la necesidad de explorar, en literatura, formas que rompan las condiciones genéricas discursivas tradicionales, único modo de representación adecuado para identidades con esa misma característica: rompedoras de normas.


Para finalizar, es preciso indicar que Coyhaiqueer es una novela de capas. Cada lectura trae una nueva conclusión y en cada encuentro con las líneas se encuentran nuevos detalles para completar el imaginario de los territorios representados por Coyhaique, por Coyhaiqueer y por los cuerpos disidentes habitantes de los dos anteriores. Por lo mismo, su lectura es imperiosa, ya que amplía la representación de las disidencias sexuales, haciendo ahínco en las relaciones que estas identidades desarrollan con los territorios geográficos. Sumado a ello, Coyhaiqueer es una lectura necesaria por mostrar personajes complejos, integrales, sonámbulos en una sociedad heteronormada que les niega la existencia y, ante todo, incansables en la construcción de simbolismos que representen alguna esperanza de vida mejor. Esto último se debe tomar en consideración, debido a que más de alguien coincidirá en que ello es justamente gran parte de la experiencia de ser/vivir disidente sexual en Chile.

Selección de textos:

DOS MÁS DOS (Coyhaiqueer (Ñire Negro Ediciones, 2018, páginas 27-28)

Entonces decidimos sin decidir que el grupo (no musical) seríamos solo dos más dos. Oscar y Jota, Mateo y yo. No había muchos lugares donde ir en Coyhaique, pero nos invitaban a todo. Íbamos a clandestinos o fiestas en casas donde la coca nos golpeaba el rostro como un balde de agua fría (tanta nieve que hay acá), a veces un golpe directo al rostro que nos despertaba y nos despertaba más, boca anestesiada, euforia, lidiando con la verborrea, calientes, impulsivos y con todas las soluciones a mano. Solucionamos todo. Nada quedó en el aire, hasta que se pasaba el efecto, y no eran un o dos vodkas que tomabas, eran cuatro o cinco sobre la ola. Y vamos de nuevo que te echo agua fría (¿Tienes una tarjeta, un billete?).


Y nos encontrábamos con otros como nosotros, del subterráneo coyhaiquino. Sácate una línea, vamos al baño, y las escenas infaltables que teníamos que olvidar, sobre todo, olvidar. El papá de alguna compañera bailando (intentando bailar) con alguna chica de nuestra edad. Y en el otro lado de la pista, las chicas con el vestido en la cartera esperando que les inviten algo (que les inviten todo), y más allá, el chico sin dinero acechando para seducir a la de padres terratenientes o empresarios. Todos teníamos un desconsolado porqué para esta ahí. Éramos lo oculto, lo que nadie quería mencionar, y eso nos gustaba. Éramos el subterráneo, donde también podían descansar otros, donde todos eran bienvenidos y los dealers y las putas eran nuestros amigos. Sabíamos que estábamos al margen, que jugábamos al borde, pero nos desintoxicábamos en nuestros propios lugares, donde la gente no se repetía como el elenco estable. Nuestro santuario, para los cuatro, para los dos. Nos quedábamos horas en la Piedra del Indio viendo el río Simpson y el valle, con Jota crecimos cerca de ahí. Un atractivo turístico y suicida. La gente saltaba desde ahí para escapar. Algunos contaban con la mala suerte de caer al río y pasar por el bochornoso momento de ser rescatados, sin cumplir su cometido, quedando en manos de la radio y el diario local, que se encargaban de darnos los detalles. Suicidarse era un ejercicio que a nadie extrañaba, con los años se había convertido en una de las formas más probables de morir en la Patagonia. Para escapar rápidamente de esos cerros, de esa mirada perdida, del trance del viento, de la ausencia y del aislamiento, como si ya no fuera una distinción vivir en el fin del mundo, nosotros -de veras- éramos el orgulloso fin del mundo.


Le decía a Mateo que pertenecíamos a la anormalidad de una ciudad pequeña, donde todos estábamos contenidos, apretados, acomplejados con tanta observancia. Bastaba con escarbar un poco el envase y revelaban la misma purulencia que nos cubría a nosotros, solo que nos atrevíamos. Esto es un abismo le decía a Mateo. Nuestra pasión por la escritura nos daba esperanza, nos adentrábamos al tímido diario de vida y a dejar frases en papelitos, los clichés, nuestra pálida adolescencia saliendo de un cascarón, plagiadores absolutos saliendo de un útero estrujado, como una tripa en el sur de la gran tripa denominada Chile. Cuando estábamos volados jugábamos con las palabras, no las escribíamos, no podíamos escribirlas [...]


Cuando estábamos los cuatro éramos como un país nuestro aunque no hiciéramos mucho más que soñar, reírnos y planificar las noches. Deseaba que fuera así para siempre. Los cuatro, escondidos y jugando en fiestas hasta la madrugada. Deseaba un mundo para los cuatro ahora que había encontrado un mundo para los cuatro. Jota durante un tiempo se creyó este cuadro, ya no salía con la misma frecuencia a buscar aventuras. Comenzó a mirar a Oscar como un cómplice, luego preferían salir solos, así que nuestro grupo tenía la facilidad de bipartirse y regresar al núcleo. Pero pronto las cosas comenzaron a cambiar en esas biparticiones y cada vez era más difícil regresar, incluso a esa mitad.



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